Sweet Home Alabama: un indocumentado wannabe


Alabama me recibió con una ley que criminaliza a los indocumentados. “Se acaba de aprobar hoy”, me dijo nervioso Miguel mientras íbamos en su carro rumbo a Fuller Home Mobile Park, un parqueadero que, envuelto en la sinuosidad boscosa de la carretera que une a Auburn con Opelike, alberga por 450 dólares mensuales a unos cuantos hispanos con nombres falsos pero con manos verdaderas con las que, de facto, trabajan para los empresarios horticultores y demás productos y servicios en uno de los estados sureños de USA con un historial abiertamente racista. A Miguel y a Víctor, mexicanos indocumentados, los conocí en el lobby del hotel cuando, por un error en la reservación de mi habitación, me quedé varado en el dilema de pagar más de lo previsto o buscar un hotel más barato.


Llegué a Alabama por tierra, debido a que Auburn –una de tantas pequeñas ciudades universitarias apenas si pobladas por profesores, trabajadores y estudiantes– no cuenta con vuelos comerciales. Llegué por aire a Atlanta, Georgia, en cuyo aeropuerto confieso haber cometido el pecado no menos racista de la estereotipación: al deambular por esos enormes pasillos creí ver –lo juro por el bote mezclero que en mi ciudad traigo como carro– a Michio Kaku. Tuve, en mi fuero interno, la seguridad de que me había topado con el físico y divulgador científico encumbrado hoy como celebridad gracias a History Channel. Amén de sus rasgos asiáticos, era él con su estilizado peinado de largos cabellos canosos y su mirada vivaz. Cámara colgando del cuello, shorts cafés y tenis blancos con calcetines blanquísimos llegando casi a la rodilla, deambulaba como yo entre los souvenirs y la tienda de cambio, despistado y curioso a la vez. A pesar del atuendo vacacional, él lucía todo su espíritu académico y newyorquino que visita por primera vez la América profunda; y yo lucía todo mi azoro de mestizo mexicano que no sabe muy bien cómo llegó a The South. Ya nos alejábamos. Dudé un instante, pero me resolví a hacerlo: “excuse me, sir…” Lentamente volteó a verme, mientras yo pensaba en pedirle que me autografiara una novela de César Aira, un boleto de avión o siquiera una servilleta lonchera. “Are you Michio Kaku? Su mirada se tornó displicente sin llegar a la ira y, levantando su mano derecha para dibujar un golpe de desprecio al aire, siguió su camino. Fui, como se puede leer, poco más que un idiota. Avancé patético hasta la salida, donde esperé por seis horas una shuttle bus que me cruzaría al estado de Alabama. El chofer me pidió 50 dólares en efectivo, pues mi tarjeta había sido rechazada. El karma actúa de maneras misteriosas y a veces relativamente expeditas.

Bajé del autobús y, al hacer la panorámica, sentí una humedad de bosque preinvernal, el aura de una ciudad articulada sobriamente entre la hojarasca y el asfalto. En apariencia no era, pues, una mancha suburbana de white trash y rednecks, como podría esperarse según el odioso estereotipo en que, por idiotismo propio o endilgado, todos caemos. Era de noche y a la mañana siguiente iniciaría el motivo académico de mi viaje: The 61 st. Annual Mountain Interstate Foreign Language Conference (MIFCL, no MILF). En el looby del hotel un amable salvadoreño (y no mara salvatrucha) que se enteró del problema de mi reservación, me dijo en un español estandarizado: “Yo tengo empleados mexicanos que te pueden ayudar a buscar un hotel”. Era el contratista de servicios alimenticios en el hotel de la universidad y me presentó a Miguel y Víctor. No lo esperaba, pero ellos se ofrecieron a hospedarme por tres noches. “Entramos a trabajar a las 10 a.m. y salimos a la 10 p.m. Vivimos en Opelike, que está 10 minutos en carro. Te podemos dar aventón de ida y vuelta aquí a la universidad.” Sonaba bien. Me ahorraría bastante dinero. Acepté.

Pero Miguel y Víctor no pudieron volver al trabajo, por miedo a la aplicación de la recién aprobada ley HB56, la cual faculta a la policía para detener a un automovilista sospechoso de residir ilegalmente en el estado; faculta a la autoridad para multar a quienes den trabajo o renten apartamento a indocumentados, e incluso establece multas para quienes los transporten en su automóvil; asimismo, me facultó a mí para ser, potencialmente, detenido, idea en cierto modo atractiva. Así, indocumentado wannabe, salí de la tráiler y me aventuré a caminar por más de una hora desde Opelike hasta Auburn rumbo a la universidad, en donde por la tarde leería un ensayo frente a un grupo azaroso de profesores y estudiantes de doctorado. Consulté en Google Maps y Google Street View cómo llegar a la universidad. No me perdí, pese a las honduras de la carretera boscosa que me dejó entrever el campo de golf y un aeropuerto privado. Yo llevaba una cámara fotográfica doméstica en extremo, una mochila ni tan nueva ni tan vieja y unos zapatos flexi. Ni turista burgués ni alternativo o bohemio, ni hippie, ni jornalero, sino un atuendo de ciudadano waltmartizado, genérico, que no despertó más que bostezos en los policías.

La monocromía del paisaje se vio interrumpida al pasar por un edificio con un surtidor de agua verde. Me acerqué como quien no ha visto jamás un surtidor más que en poemas, desviándome un poco del recorrido y temiendo invadir propiedad privada. Vi que un hombre abrió la puerta. “Este es paisa” me dije. Nos reconocimos nuestros respectivos nopales. Michoacano (¡qué sorpresa!), jardinero en una empresa de horticultura. Entre las preguntas de su nombre, origen y tiempo en USA, salió el tema de la ley de indocumentados y me dijo: “Nosotros tenemos la culpa… cuando chocamos, huimos… mi patrón me dijo que no me preocupara, nomás con que no maneje… los empresarios se andan moviendo con el gobierno para que se anule.” Me dio un vaso de agua y, tras confirmar si iba por el camino correcto rumbo a Auburn, seguí.


Llegué a la universidad, saludé, me registré, leí mi trabajo, comí. Decidí caminar un rato por la biblioteca, el restaurante, el hotel. Salí a la calle ya de noche para volver al tráiler, confiando en que hallaría fácilmente un taxi. Pero no fue así. Deambulé por 45 minutos hasta que decidí sentarme afuera de una iglesia bautista de estudiantes. Tres jóvenes gringos me preguntaron si podían ayudarme en algo. Llamaron por celular para ver dónde podía encontrar un taxi. Acudí a las calles que me indicaron y nada. La fortuna hizo que me los volviera a encontrar y amablemente se ofrecieron a llevarme a Opelike. Por más que me esforcé en pasar como un indocumentado deportable, no hubo más que buena gente ese y todos los días.


Al salir de Auburn, los mexicanos no aceptaron ni un dólar en retribución por el hospedaje de tres noches. El evento MIFLC fue lo que me esperaba: un paraíso universitario liberal que, aunque abusa de su fraseología (“el gobierno norteamericano es un vil nazi”), se agradece. Es la tendencia de todo académico e intelectual a elevarse respecto a la realpolitik. Un taxista portorriqueño refugiado en Alabama después del 9/11 —traía como pasaje a ejecutivos de Wall Street (“tenía que usal saco y colbata”) para luego llevarme a mí en shorts y gorra— se refirió al gobernador de Alabama como un loco racista; una chofer negra de autobús dijo que en Alabama todos son racistas con todas las razas, es decir, una modalidad de racismo incluyente o, diríamos, a lo parejo. Tal ley y tales hechos refuerzan el lamentable antinorteamericanismo generalizado en América Latina y en el resto del mundo. Como yo no he vivido todo ese ninguneo anidado en el estereotipo y en las miradas oblicuas del otro, bien gustoso volvería en busca de mi sueño mexicano, el sueño de ser deportado de Alabama, where the skies are so blue.

Don de lenguas

Ahí donde hay metáfora, ritmo e imagen, hay también un modelo psíquico, acaso prelógico, de expresión. Como forma peculiar del lenguaje, la poesía no es sino una modelización secundaria (Ingarden), un metalenguaje. Es, en suma, otro lenguaje. Reina de las analogías, la poesía es, no obstante, una estructura de segundo orden. Y como tal por hablar de la poesía moderna—, esta podría ser el principio de equivalencia (Jakobson) de muchos fenómenos. Este es solo uno de ellos.

El fenómeno es conocido tanto en el cristianismo como en algunas otras religiones y vertientes del esoterismo. En occidente se registra en el libro bíblico de Hechos, capítulo 2:
1 Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos.
2 Y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados;
3 y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos.
4 Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen.
5 Moraban entonces en Jerusalén judíos, varones piadosos, de todas las naciones bajo el cielo.
6 Y hecho este estruendo, se juntó la multitud; y estaban confusos, porque cada uno les oía hablar en su propia lengua.
7 Y estaban atónitos y maravillados, diciendo: Mirad, ¿no son galileos todos estos que hablan?
8 ¿Cómo, pues, les oímos nosotros hablar cada uno en nuestra lengua en la que hemos nacido?
9 Partos, medos, elamitas, y los que habitamos en Mesopotamia, en Judea, en Capadocia, en el Ponto y en Asia,
10 en Frigia y Panfilia, en Egipto y en las regiones de África más allá de Cirene, y romanos aquí residentes, tanto judíos como prosélitos,
11 cretenses y árabes, les oímos hablar en nuestras lenguas las maravillas de Dios.
12 Y estaban todos atónitos y perplejos, diciéndose unos a otros: ¿Qué quiere decir esto?
13 Mas otros, burlándose, decían: Están llenos de mosto.
Como se describe en el pasaje, el creyente adquiere repentinamente la habilidad de orar en lenguas humanas no aprendidas (xenoglosia) y/o en lenguas angelicales (glosolalia), es decir, “lenguas” incomprensibles para el ser humano. Ante la acusación de embriaguez, el cristianismo primitivo atribuyó tal evento al “bautismo en el Espíritu”, corolario del bautismo en agua de Juan el bautista (Mateo 3:11) y como evidencia de la presencia de Dios en el cuerpo. Son abundantes las referencias neotestamentarias al respecto, aunque los cristianos del primer siglo abandonaron la práctica: Dios, en su modalidad o persona de Espíritu Santo, se volvió más bien un concepto y no tanto un “viento recio” o fuego lingüístico. A la postre, los teólogos cristianos acuñaron las nociones de xenoglosia y glosolalia para describir y entender doctrinalmente el éxtasis del llamado don de lenguas. La dispensación del hablar en lenguas, de los milagros, de las profecías, había acabado. Solo se registra muy esporádicamente ya en la secta de Montano, ya en cierto sector de los cuáqueros.

El don de lenguas no reingresó a las iglesias sino hasta principios del siglo XX con el pentecostalismo (el revival de Azusa Street), que dio a su vez lugar al movimiento carismático, el cual tuvo una cierta influencia tanto en la mayoría de denominaciones del protestantismo histórico (luteranos, anglicanos, presbiterianos, bautistas, metodistas et álii), como en el catolicismo, léase catolicismo renovado o llamado “carismático”.

La respuesta racionalista sugiere que hay un trance hipnótico ligero inducido por la autosugestión; que los que hablan en lenguas buscan una regresión a una especie de balbuceo infantil; que se trata de criptomnesia, una especie de memoria oculta y repentinamente exaltada, noción explicada por el psicoanalista Carl Gustav Jung (Babcox 35).

Para la teoría literaria esto es (o debería ser) irrelevante. Lo interesante es cómo la poesía comporta un lenguaje, un metalenguaje que, por analogía o por extensión, da cuenta de una relación dinámica, si bien sutil, con lo sagrado. Una relación ya muchas veces señalada, aunque de vez en cuando revisitada como se puede ver, por ejemplo, a partir de las vanguardias. (Al respecto puede leerse aquí.) Las vanguardias como un nuevo romanticismo que aspira a una inspiración descentrada, una nueva revelación que reactive, frente al pragmatismo burgués y más allá del decadentismo occidental, las fibras del poeta como un místico que “nada sabe” sino del trance de ser un mero canal de “otra voz”.

A propósito de tal canalización, el poeta y ensayista Octavio Paz explica su experiencia al escribir su monumental poema Piedra de sol:
No tenía plan. No sabía lo que quería. Piedra de sol se inició como un automatismo. Las primeras estrofas las escribía como si literalmente alguien me las dictara. Lo más extraño es que los endecasílabos brotaban naturalmente, y que la sintaxis, y aun la lógica, eran arbitrariamente normales. De pronto sobrevino una interrupción. Había escrito unos treinta versos y no pude seguir. Salí al extranjero por dos semanas (…) y a mi regreso, al releer lo escrito, sentí la necesidad de continuar el texto. Volví a escribir con una extraña facilidad, pero en esta ocasión intenté utilizar la corriente verbal y orientarla un poco. Poco a poco el poema se fue haciendo, me fui dando cuenta hacia dónde iba el texto. Fue un caso de colaboración entre lo que llamamos el inconsciente (y que para mí es la verdadera inspiración), y la conciencia crítica racional. A veces triunfaba la segunda, a veces la inspiración. (Santí 108)
El resultado es claramente un texto a un tiempo medido y libre, adentrado en esa visión compleja entre el ciclo del tiempo mítico y la linealidad de la razón moderna. La relación que tuvo Paz con el surrealismo, dijo él mismo, fue meramente tangencial. No practicó la escritura automática a la manera de André Breton. Sin embargo, cabe señalar ese substrato psíquico-lingüístico que busca la consecución de sonidos, vocablos, más que de temas y sentidos referenciales. Algo así como una respiración vital que construye una
“mantrificación” en el alma del poeta, al mismo tiempo que obnubila los contenidos del poema, le presta un significado mayor: el de ser un conjunto de sonidos casi asignificantes, como una oración que transforma el hombre que la recita o lee y, así, la reescribe, más y más inserto en un timing recurrente. Un ritual verbal interno a los significados, de iniciación a una dimensión tanto poética como religiosa. (Costa 90)
Una poesía que es asimismo una vía de acceso, una invocación ciega a la nada concreta de la página en blanco. Ahí donde el lenguaje referencial, la sintaxis lógica y la semántica son suspendidos, descentrados, o, más aun, violados, ahí queda sin embargo una estructura inmarcesible. Así como la gracia irresistible de san Agustín, el lenguaje es ya un don irresistible que hemos configurado incluso para clausularlo como en la figura de Vicente Huidobro, un vanguardista anterior a Paz, quien plantea un agotamiento de las referencias semánticas en el canto VII, al final de su poema Altazor:
Al aia aia
ia ia ia aia ui
Tralalí
Lali lalá
Aruaru
urulario
Lalilá
Rimbibolam lam lam
Uiaya zollonario
lalilá
Monlutrella monluztrella
lalolú
Montresol y mandotrina
Ai ai
Montesur en lasurido
Montesol
Lusponsedo solinario
Aururaro ulisamento lalilá
Ylarca murllonía
Hormajauma marijauda
Mitradente
Mitrapausa
Mitralonga
Matrisola
matriola
Olamina olasica lalilá
Isonauta
Olandera uruaro
Ia ia campanuso compasedo
Tralalá
Aí ai mareciente y eternauta
Redontella tallerendo lucenario
Ia ia
Laribamba
Larimbambamplanerella
Laribambamositerella
Leiramombaririlanla
lirilam
Ai i a
Temporía
Ai ai aia
Ululayu
lulayu
layu yu
Ululayu
ulayu
ayu yu
Lunatando
Sensorida e infimento
Ululayo ululamento
Plegasuena
Cantasorio ululaciente
Oraneva yu yu yo
Tempovío
Infilero e infinauta zurrosía
Jaurinario ururayú
Montañendo oraranía
Arorasía ululacente
Semperiva
ivarisa tarirá
Campanudio lalalí
Auriciento auronida
Lalalí
Io ia
iiio
Ai a i a a i i i i o ia
Si, como quería Huidobro, el poeta es un pequeño Dios, un creador, entonces ese don de lenguas otrora sagrado y ritual se ha desprendido de un núcleo simbólico para multiplicarse según la vocación retórica de cada sujeto lírico. En algún punto de la conciencia occidental el don de lenguas se ha vuelto un ejercicio centrífugo sin renunciar por ello a su carácter enunciativo, que dice sin decir, que dice más bien lo que alude y que refleja como una intermitencia entre la pulsión de conciencia e inconsciencia— un fluido sin fuente (el lenguaje es demiurgo a la vez que creación) y que impide, sin embargo, renunciar a lo inefable.

Obras citadas


Babcox, Neil. En busca de la realidad carismática. Puebla: Ediciones las Américas, 1987.
Santí, Enrico Mario. El acto de las palabras. México, D.F.: Fondo de Cultura Económica, 1997.
Costa, Horácio. “Piedra de sol: el título”. Cuadernos Americanos 26 (1991): 83-97.
Huidobro, Vicente. Altazor o el viaje en paracaídas. 2da. edición. Madrid: Petrópolis, 2010.

De la frivolidad como motivo

Yo no soy bella, soy peor.
Marie Dorval

Las cosas su silencio
llevan como su esquila.
Tienen sombra: la aceptan.
Tienen nombre: lo olvidan.
Gabriel Zaid


Qué radical, qué tremendo, qué fuerte


Hay, por una parte, un influjo de herencia presuntamente revolucionaria que aboga estratégicamente por hacer vigente la razón (pura, práctica, instrumental, patafísica, cual sea), enmarcada —a fuerza de hacerse escuchar— en los centros dispuestos por el orden mismo, el código estructural del mundo actual. Es la dialéctica del insolente “compromiso social” de los rockstars, raperos, hip-hoperos, de la celebridad intelectualoide de las estrellas del pop, del espíritu cuanto snob como tecnológico de los artistas. Son el glamour, la sociedad del espectáculo, los medios comerciales, los medios alternativos, los impulsores de las causas: en Twitter, Facebook, en toda esa infraestructura de la imagen virtual.

Así, no es, como se dice a manera de duelo o nostalgia, que el mundo se haya quedado sin causas, es que se han multiplicado como en Xerox al grado de resultarnos indiferenciables por saturación e infinitas por acumulación: www.causes.com. Ventiladas al azar, sin orden de importancia, es ya difícil darles cauce y seguimiento: ¡No al apaleo de focas en Canadá!, ¡No a la ablación de mujeres en África!, ¡No a la homofobia!, ¡No a la tala de árboles, ¡No a la Coca-Cola!, ¡No a la talla cero! Las apoyamos todas, lo cual es una forma de decir que no apoyamos ninguna y que no nos interesan en lo más mínimo. La reforma, la rebeldía, la revolución antisistémica y, por ende, sistémica, como proyectos inmanentes al discurso de resistencias (o claras demagogias), que no son sino las emanaciones de los poderes mismos, a fin de redefinirse, autoregularse, en una lógica infinita e indiferente a nuestra acción y conciencia.

“Calma, pueblo, que aquí estoy yo, lo que no dicen lo digo yo, lo que sientes tú, lo siento yo, porque yo soy como tú” vociferan los chicos combativos de Calle 13, armados de furia y con ademanes de Mara Salvatrucha, aunque ligeramente refinados. He aquí la clave: algo de radical chic y algo de pandillero globalizado. Giras millonarias aparte, ellos están del lado bueno, aunque digan que se van a portar mal. Que se entienda: ellos están del lado del pueblo: antigobiernismo, antiderecha, anticapitalismo, antivaticano. Han incorporado las líricas subversivas e ingeniosas, pero sobre todo eso, subversivas e ingeniosas (!). Han logrado lo que hasta hoy nadie podía: convocar gustosamente a hippies y a yuppies en Youtube. No tardan en lograr la paz entre judíos y palestinos a través de CNN. Ahora sí, el pueblo, esa entelequia reloaded, será escuchado gracias al patrocinio de Sony Music Entertainment. ¿Qué sería del pueblo sin Calle 13? La pregunta correcta es: ¿qué sería de Calle 13 sin el pueblo?


Lady Gaga sobre Britney Spears: “Lo que me hace diferente es que a la vez que usaba las drogas también estaba componiendo, no sólo consumía drogas”. (Se puede figurar en el sistema, ser parte orgánica de la industria musical, jugar las reglas del juego y ser a la vez una “chica mala”, perfilarse como la nueva diosa moderna en una vorágine de signos y atuendos insólitos.) Que se entienda: las drogas pueden ser una vía de acceso, iniciación e inspiración, como lo sabemos desde Poe y los poetas malditos; ¡abajo Britney, esa red neck, esa white trash, ella sí es un producto, un objeto!, parecería decir Gaga. Es la coronación del sujeto autodeterminado y productivo, una vez que el pop ha padecido el descrédito debido la ligereza moral y educacional que se le atribuye, a pesar de los esfuerzos de la otrora reina del pop, Madonna, quien, en su proyecto transgresor, gestionó su imagen y/o escenario como elemento sexualizante y desafiante, según sus exégetas. Se rumorea (falsamente, supongo, pero eso es irrelevante) que Lady Gaga es hermafrodita, con lo que queda completo el cuadro del ideal andrógino y de transexualidad actuales auspiciados por el montaje, los dispositivos rutilantes cual anuncio espectacular. En una era de feminismo agotado y agotador, no queda más envidia femenina del falo, sino representación mediática —en el cuchicheo, morbosa y sin ilusión— del falo, o lo que queda de él. La fenomenología del escándalo, los malos modales.

El artista no es ya siquiera el dodecaedro que denunciaba José Ortega y Gasset en La deshumanización del arte. La perfección tecnicista, la nítida conciencia de los procesos de creación y sus efectos en el público espectador, consumidor, o en la crítica especializada, conllevan una total exploración de materiales insospechados, perfilándose una maquinación exhaustiva que va desde el minimalismo hasta el maximalismo: el artista es el DJ que mezcla (mix) disruptivamente elementos fónicos como bits heteróclitos y desperdigados en el vacío frenético de los discos; el artista es un fotógrafo como Spencer Tunick que fotografía desnudos masivos en lugares públicos cual metáfora de la desilusión flagrante del cuerpo y de las dimensiones del supermercado; un pianista con autismo que reproduce innumerables composiciones de jazz con tan sólo haberlas escuchado una vez; un biólogo que dibuja enormes figuras efímeras en la playa mientras National Geographic graba las imágenes.

El artista es un gestor, un ingeniero que supera técnicamente al arquitecto y que tiene ya los recursos efectivos a su disposición para resolver en un producto los efectos de belleza. Después de Duchamp, de Warhol, el arte no es ya más el lugar para expresarse formal y líricamente fetichismo del sujeto en pos de la comunicación—, sino el de las situaciones dispuestas ahí donde el sentido técnico-creativo se esfuerza por develar con desmesura los efectos de su propia lógica. El artista no es el ser deshumano, sino provisionalmente un agente clave ahí donde lo humano articula su visión funcionalista en diálogo con ese aspecto ocioso propio de la industria del entretenimiento, que es, para bien o para mal, el baluarte de la formación y/o construcción de los sujetos.

Qué cool, qué hot, qué loco


Hay, asimismo, una serie de distanciamientos sinuosos de lo dramático, lo serio, o lo patético. Son distanciamientos que no llegan, sin embargo, al cuestionamiento. Distanciamientos más bien mediocres, pues necesitan, para su sobrevivencia, el peso ineluctable e intermitente de aquello que intentan evadir. Dictadura de la inmanencia. Son alusiones, dejos de posturas —ya ni siquiera imposturas—, ademanes, muecas, aspavientos.

Una chica negra con el cabello teñido de rubio, el rostro ladeado y la mirada intermitente. Recargada en lo que parece ser la barra de un bar, lleva en su mano una bebida energizante (Red Bull), de la que le sobresale un abúlico e insospechado popote. Viste una blusa blanca con letras de colores fosforescentes, en las cuales apenas si se logra distinguir la leyenda: “LMFAO CUZ I’M A CRAZY BITCH!”* Es una consigna que, en tanto que tal, nunca acaba por cumplirse: se repite siempre en las más alocadas y salvajes fiestas, a la vista de la primera impresión de los concurrentes. Esta proclama es una mera ontología escurridiza implicada en el término bitch, tan polisémico, tan lleno de matices e inflexiones que ya luce gastado y paródico. Así, su proyecto, que es autogestivo, vive en un eterno desplante, alimentándose sólo de sí mismo, de la voluptuosidad misma aprisionada entre las tensas mallas rosas y los shorts amarillos de su portadora. No es ya claro si es una ofensa o alabanza. Es de un autoritarismo recalcitrante, aunque domeñado, que suena a histerismo “sano”, ligth, deslactosado, homogenizado una vez que la boutique ha puesto en la exhibición del mostrador las prendas que tal chica viste. El gesto es retador, aunque no parece decir mucho. Descifrar lo que quiere decir es todo un reto para los semióticos y filósofos culturales más ociosos.

Otra chica luce un vestido corto y ligeramente entallado. Carga su bebida en un vaso de vidrio y con el otro brazo se levanta transgresoramente el vestido, mientras nos enseña, en gesto y ademán sorpresivo, el tatuaje de su muslo derecho, que se convierte en sombra desfigurándose incorpóreamente en la frontera abierta de su entrepierna, puerta a un más allá accidentado en la lujuria y aún no significado por la luz. No transgrede, sin embargo, nada; no sorprende, sin embargo, a nadie. Cómplices, entramos en la pulsión unilateral de su rol efímero ante el flash: la nadería del cuerpo, tatuado, alcoholizado, lo suficiente para jugar el juego erotizante, sensual, sin creer en él. Es una nada y un juego liso, llano, una mueca loca entre trago y trago. Su postura es la de una sexualidad vaga (“La sexualidad está en todas partes, excepto en el sexo.” —Roland Barthes), ya diluida en un ambiente más corporativista que sórdido o marginal. Los ojos azules resaltan esa astucia gatuna con que modela en cuerpo su espíritu feminizante. Todo aquí es cuerpo, o espíritu corpóreo que alude a una norma de decoro alguna vez observada y que refiere, hoy, a un deber erótico apenas si atendido. De boca abierta, recibe en ella el falo de nuestra mirada erecta, como la asunción ritual de nuestro voyeurismo generacional, irremediable.


Es, volviendo a las celebridades, el descaro de Britney Spears, Gabriel García Márquez, Johnny Cash y el subcomandante Marcos, todos ellos, decididos e impertérritos, haciendo la señal obscena del dedo medio a la cámara. ¿A qué se debe la pérdida de la compostura? Es irrelevante. Más allá de la anécdota, es el festín de una significación librada ya de la atadura de la comunicación. Representación ensimismada, la alegoría misma de una indignación violenta. ¿Para qué enojarse, para qué romper bilis, para qué hacer drama? Queda sólo fungir como agente rotundo, implacable, verse cool e indiferente, aunque sin renunciar por ello al armatoste que supone el vértigo del coraje en una especie de amaneramiento extático. Banal, sí, pero extático. Irrefutable a más no poder, pues resulta imposible razonar con una imagen: el contenido es una máscara sin rostro. ¿Contenido superficial o profundo? La imagen no sólo vale más que mil palabras; es más que mil palabras. Es la amenaza directa. Imposibilitada para negociar, va al punto. El punto es, para ella, tener un discurso. Tener una postura, aunque sea un disparate, el despropósito mismo. Definirse.

Las raíces de este proceso de descentramiento e inversión de las funciones de comunicación y significación, se han señalado, por un lado, en ese marco de racionalidad pura, psíquica, que hemos parcelado para otorgar sentido a las formaciones recurrentes ahí donde se pretende decir “algo” , obtener “algo”: hay producción —material, monetaria, voyerista, fetichista, de poder— porque hay deseo. Se señalan, por otro lado, según la hipótesis materialista, en las condiciones infraestructurales, económicas: hay deseo (material, monetario, voyerista, fetichista, de poder) porque hay producción. Es el sistema de la producción y el consumo, en aras de la plusvalía, el que hace posible nuestra caterva de referencias, de ideas sin referente, de elucubraciones sin fundamento y juegos reversibles con los signos.

Tales hipótesis podrían nulificarse entre sí, cediendo a la condena de los razonamientos circulares. En lo contingente, sin embargo, asistimos a una serie de afirmaciones, signos transparentes que sólo juegan a la opacidad, que parecen retar toda posibilidad de verificabilidad, pues no buscan la persuasión, sino el franco chantaje: “¡Digo lo que digo porque así son las cosas y porque puedo!”, “¡Cómpreme o muérase!”, “¡Usted decide!”, “Si no le gusta, ¡cámbiele de canal!”, “¿Le molesta mi actitud? ¡Me importa un bledo!”, “No odie a los medios. ¡Haga el suyo!”, “¡Otro mundo es posible!”. La publicidad mercantil, el marketing de los eslogans políticos, constituyen todo una serie de referencias factuales en apelación a una realidad en la cual, sin embargo, no se cree profundamente, pues es precisamente la idea de profundidad la que está en entredicho. Y es en esa superficialidad reinante de los signos como meras estrategias donde hay un duelo por el sentido ahí donde tenemos la nostalgia de un orden natural del lenguaje. Pero no importa: es la ilusión o el efecto de realidad el que provee un estado de confort cínico o de infamia impune. Realidad gastada o cárcel desperdigada del lenguaje, tentáculos de la representación cuya incidencia en el territorio, el modelo original, jamás ha tenido lugar.

Qué hueva, qué fiaca, qué monserga


Hay, por otra parte, una negación a adentrarse, una renuncia a involucrarse en los asuntos, una abdicación al supuesto derecho ciudadano de información y participación, un desinterés a la hora de vislumbrar una complicación mínima: es la mezquina política, es la gastada moral, es la hipócrita religión, es la falsa historia patria. Son los debates ríspidos y agotadores. “¡Todo es la misma mierda!”, expresión más bien amoralista, sin un real padecimiento, sin una verdadera encrucijada que conlleve un juicio. Mera inercia, anidada en el estereotipo, la generalización no sólo apresurada sino de antemano consabida. El epifenómeno del sospechosismo. Es mejor diluirse, substraerse en la medida de lo posible. Se resuelve, así, que tales cosas carecen de atractivo, que resultan complicadas y que el tiempo es mínimo. ¿Cambiar el mundo? Consciente de que tal empresa resulta infructuosa, parafraseando a Don DeLilo, mejor se acude al gym a cambiar el cuerpo. Ya no son las masas, sino el llamado ciudadano de a pie quien no sabe si quiere saber, no sabe si quiere poder. La mediocridad autoprogramada como medida de higiene mental, a precio de conformismo. Con algo de Diógenes y algo daliniano, se resuelve que el mundo es dramático, aunque tampoco sea para tanto, e irremediablemente vaya convirtiéndose en esa masa gris en la cual todo es válido y, a la vez, nada nos conste.


En un ejercicio de imaginación crítica, el escritor mexicano Luigi Amara plantea un inevitable movimiento denominado La Internacional Boztezante. Amargura y descreimiento, acérrimo enemigo del entusiasmo, tal movimiento es una alegoría siniestra, más que cínica, de esa apatía desenfrenada con que se abordan ya los asuntos humanos, demasiado humanos:

Si te cruzas en la calle con un conocido, salúdalo con un bostezo irreprimible. Si alguien te declara su amor, ponlo a prueba con un bostezo desafiante. Si aquel te regala una sonrisa, bájalo de la tibieza de su conformismo y hazle rendir cuentas en el tribunal helado del bostezo. Toma fotografías de momentos insuperables de hartazgo, de rostros descompuestos por la violencia erosiva del tedio, y envíalos, con toda tu falta de interés, en tarjetas postales y en spam. Decididamente se trataba de un programa de ascendencia punk.
Inspirado en las grandes Internacionales (sobre todo, la socialista, irremediablemente solidaria), el espíritu del texto de Amara es una muestra de esa desazón con que el escepticismo ha devenido parálisis. Lo ético-político del radical “No future” se ha transfigurado hoy en un estado normalizado de cosas. Normalizado en tanto que producto de una norma táctica y sutil cuyo fin último es el de la adaptación como estrategia inherente a todo sistema civilizatorio y coercitivo. No hay futuro, entre otras cosas, porque todo es un presente indiferenciable y pugnado entre la vida desahuciada, anestesiada, o la muerte diferida.

La pregunta de si hay algo más allá de esa adaptación acrítica que Luigi Amara caricaturiza es también la pregunta de si hay una oposición definida entre lo profundo y lo superficial. Si en la superficie está la inacción abyecta, la acción envolvente late más allá como una potencialidad, una energía creadora capaz de ventilar la esencia aletargada del ser, la construcción biopsicosocial en toda su monumentalidad transparente: “Soy una persona profundamente superficial.” —Andy Warhol. ¿Sabe el ciudadano bostezante lo que es sólo preocuparse por las apariencias? ¿Es la indiferencia una mera enajenación programada desde los poderes? ¿No será la indiferencia un estado lógicamente posterior a la exacerbación de la conciencia política en las sociedades democratizadas? ¿Es posible una ciudadanía tan consciente de sí misma como activa en la praxis del cambio? Aun más, ¿habría una manera justa de ubicarse en el centro de los acontecimientos, en el estado equidistante de la profundidad y la superficialidad?


La masa crítica que buscaba la liberación del sujeto frente a la historia se ha desplazado a sí misma. Se ha acotado, casi nulificándose. Nace en la burguesía misma como clase social, que es en realidad la única, es decir, la que legitima una conciencia y una acción frente al orden económico. Los demás son grupos y formas de la inconsciencia o la falsa conciencia, según la lógica marxista. La falsa conciencia vuelta hoy mero cinismo, postula Peter Sloterdijk.
Para justificar su condición concreta, más burguesa que proletaria, más acomodada que vital o comprometida, dice el mismo Marx: “por lo demás, yo no soy marxista.” Subrepticiamente, el marxismo ha mutado en ecologismo; el ecologismo, en industria de reciclaje; la industria de reciclaje es la punta del iceberg del capital, tan denunciado y, sin embargo, tan necesario, pues figura como pandemonio favorito de la angustia humanista por llegar a la esencia, al fondo estructural de las relaciones, la clave de la historia y de todas las mitologías, el motor fundamental que propulsaría el orden y conjuraría el azar, llamándole dialéctica. Fin de la teleología economicista.


No es tal vez que la liberación (la solidaridad obrera en acción frente al explotador) no fueran posibles; es que la liberación como concepto es una noción ya diluida a fuerza de uso: nadie sabe quién libera a quién. Como práctica es, además, un empeño de doble filo: nadie sabe para quién trabaja. A nadie le consta qué efectos se implicarían en un cambio estructural y ético de las sociedades occidentales, pues la formulación mental que hemos asumido una vez sobrevenida la revolución no resulta del todo clara. Es tan sólo una contingencia acrisolada en la refuncionalización de los mismos valores que, como anticuerpos constitutivos del propio sistema, están condenados a reproducirse en cada acto, a replicarse en sus antivalores o en las formas afines de su cristalización: la libertad frente a la seguridad, la justicia frente a la legalidad, la fraternidad frente a la tolerancia.


De ahí que la revolución carezca de justificación histórica: es más bien una obsesión histriónica. Así, el fin de la revolución no es sólo su interrupción o su institucionalización en el ámbito político, sino su transparentación en el discurso, en el fin de lo político, debido a su cristalización en cada uno de los dispositivos actuales que le dan sentido, resemantizándola, reactualizándola en cada clic como un instantáneo manifiesto utópico. El fin de la revolución da pie ahora a la idea virtual de revolución como esa forma entusiasta en las tecnologías de la información: la revolución twitteada, blogueada, en tiempo real, en todos los espacios ocupados por el disenso, la crítica y la reversibilidad de la anticrítica. El tiempo real que, a su vez, nulifica toda posibilidad de asumir una distancia, una dimensión real. El tiempo real es un mero cortocircuito que se niega paradójicamente a una perspectiva real, pues se nutre sólo de esa esfera de prestidigitación en lo fast, en la imagen digital, nítida, contundente. Como corolario a la propuesta de Luigi Amara, tenemos hoy la era de la Internacional Transparente.

Qué estrés


Hay, no obstante, una lucha interminable por articular un discurso, por generar un efecto de coherencia que le devuelva al signo la substancia, no sólo su realización. El contenido ha cambiado, la sustancia se ha disuelto, los discursos críticos se han liberado, incluso para revertirse en la anticrítica como anticuerpo y válvula de escape. Es el código el que sigue intacto. Esto lleva a plantear si realmente hay un sistema global de dominación (simbólica o sutil) tan eficaz como suponen o temen sus críticos, moralistas, humanistas y demás. De haberlo, alguien podría, por suerte o por astucia, haberlo desmontado. De haberlo en grados, éstos serían tan innumerables que se presentarían casi imperceptibles y, por lo tanto, irrelevantes. Y de no haberlo, podríamos decir que es nuestra imaginería crítica el que lo ha llevado a configurarse. En tal caso, no sería un sistema constitutivo de nuestros prístinos asideros conceptuales (vicio del racionalismo), y tampoco de nuestra flexión conductual (vicio del empirismo), sino uno perfilado ahí donde nuestras proyecciones no alcanzan y ceden, vislumbrándose sólo la posibilidad de una frivolidad objetiva, inmanente, objetivizada por la debilidad humana en los limítrofes de lo inhumano. Más allá del margen contingente, la rígida contingencia al centro, dispuesta (aunque dialogante) a solidificarse, desafiando al binarismo —“lo de adentro” y “lo de afuera”— y, sin embargo, condenado, por nuestras amarras culturales, a él.


Es ya una especie de lujo romántico o neopatético ostentar alguna creencia
—idea, valor, doctrina— profunda. Un ostento tan old fashion. Nada que lamentar. Una creencia profunda parece un artículo de museo, los paréntesis cerrados una vez que se han ciclado las posibilidades de este juego binario: lo latente y lo patente. Por un lado, el sentido de las cosas; y por otro, las cosas que son lo que son, las motivaciones que son lo que son, es decir, lo que dejan ver. Metáfora física, lo profundo depende necesaria y lógicamente de la noción de superficialidad. Profundidad ahí donde hay un sujeto que lee, interpreta, descifra. Superficialidad ahí donde hay un objeto que espera ser conocido, asido por la mirada.


En el interciso de tales nociones situamos el contrato de realidad, o bien nuestro principio de ilusión. Y en ese interciso debatimos, asimismo, nuestra moralidad y nuestra intelección, la plusvalía de nuestros cinco sentidos que cristalizaría el yo con el que asumimos nuestras decisiones, el temple, la imagen, el tono, la afirmación parcial aunque implacable de lo que somos –o que decimos ser. Entre lo profundo y lo superficial, hay, no obstante, un matiz, un elemento tan conductual como discursivo que juega y conjuga a capricho los signos desperdigados del sujeto: la frivolidad del sentido ahí donde las cosas se entrelazan, indiferentes, nutridas de posibilidades y a expensas de ser interpretadas. La frivolidad que mana del estado impreciso entre lo profundo y lo superficial.


Frivolidad de los filósofos que aspiran a la conceptualización del ser, queriendo contemplar en todo su lado más profundo; frivolidad de los revolucionarios y activistas que aspiran a concienciar y actuar sólo para zigzaguear en el código; frivolidad del mundo que se sabe mundo, los objetos que se saben pensados; frivolidad de los artistas que, acodados en lo estético, construyen con un sistema arbitrario de signos una voluntad creadora; frivolidad del humanista, celebridad, predicador, psicoterapeuta, que nos exhorta a ser uno mismo. “Be yourself is all that you can do” –nos invita el rockstar Chris Cornell. Es ya difícil saber en qué consiste ser uno mismo, sobre qué veleidoso andamio se sostiene. Cada vez que alguien se plantea tal empresa, el vacío o la muchedumbre de opciones, todas tan nutridas de credibilidad, salen a relucir como una pléyade de posibilidades insufribles, pues nos confrontan con la pregunta de qué significa ser uno mismo. ¿Ser uno mismo? No, gracias.


*Acrónimo urbano: "Laughing my fat ass off” o “Laughing my frigging ass off”.

Dos poemas traidores


Un lugar común: como práctica poética, una traducción es más bien una versión, una forma virtuosa de la traición. Traducir un poema, se dice, es escribir otro. Que se traducen las palabras, mas no el tono. Etcétera. Es un lugar común, sí, pero es un lugar común cierto. En algún punto de la transición idiomática, el lenguaje admite inflexiones que enriquecen y disparan las potencialidades del poema. El fenómeno como tal es curioso y hasta necesario. La traducción nos brinda el efecto de un significante articulado entre la familiaridad y la sorpresa. No hay virtud en que un poema traducido sea una voz propia, sino en que, sin dejar de ser esto, comporte el eco de otro poema al que tal vez, por motivos lingüísticos o socioculturales, jamás conozcamos.

Poeta y poeta-traductor, gran ejemplo de la tentativa moderna por trazar puentes entre distintas tradiciones literarias, Ezra Pound (1885-1972) estuvo recluido por más de diez años en el hospital psiquiátrico St. Elizabeths, Washington D.C. Su “locura” (no estaba médicamente loco) fue apoyar con vehemencia a Benito Mussolini, el fascismo, el antisemitismo. Demencia fue, sin embargo, el argumento para que no fuera encarcelado o condenado a muerte. Por esto y por su extraordinaria obra, el caso de Pound no tiene parangón en la literatura del siglo XX.

Quiero compartir, no un poema de Ezra Pound, sino uno de la poeta norteamericana Elizabeth Bishop (1911-1979) surgido precisamente a propósito de las visitas que ésta realizaba a su compatriota durante su estancia en el manicomio:

Visits to St. Elizabeths
This is the house of Bedlam.

This is the man
that lies in the house of Bedlam.

This is the time
of the tragic man
that lies in the house of Bedlam.

This is a wristwatch
telling the time
of the talkative man
that lies in the house of Bedlam.

This is a sailor
wearing the watch
that tells the time
of the honored man
that lies in the house of Bedlam.

This is the roadstead all of board
reached by the sailor
wearing the watch
that tells the time
of the old, brave man
that lies in the house of Bedlam.

These are the years and the walls of the ward,
the winds and clouds of the sea of board
sailed by the sailor
wearing the watch
that tells the time
of the cranky man
that lies in the house of Bedlam.

This is a Jew in a newspaper hat
that dances weeping down the ward
over the creaking sea of board
beyond the sailor
winding his watch
that tells the time
of the cruel man
that lies in the house of Bedlam.

This is a world of books gone flat.
This is a Jew in a newspaper hat
that dances weeping down the ward
over the creaking sea of board
of the batty sailor
that winds his watch
that tells the time
of the busy man
that lies in the house of Bedlam.

This is a boy that pats the floor
to see if the world is there, is flat,
for the widowed Jew in the newspaper hat
that dances weeping down the ward
waltzing the length of a weaving board
by the silent sailor
that hears his watch
that ticks the time
of the tedious man
that lies in the house of Bedlam.

These are the years and the walls and the door
that shut on a boy that pats the floor
to feel if the world is there and flat.
This is a Jew in a newspaper hat
that dances joyfully down the ward
into the parting seas of board
past the staring sailor
that shakes his watch
that tells the time
of the poet, the man
that lies in the house of Bedlam.

This is the soldier home from the war.
These are the years and the walls and the door
that shut on a boy that pats the floor
to see if the world is round or flat.
This is a Jew in a newspaper hat
that dances carefully down the ward,
walking the plank of a coffin board
with the crazy sailor
that shows his watch
that tells the time
of the wretched man
that lies in the house of Bedlam*.
En Versiones y diversioness (1984), Octavio Paz reúne todas sus traducciones, entre las que figuran textos en lengua inglesa (John Donne, William Carlos Williams), francesa (Gérard de Nerval, André Breton, Paul Eluard), portuguesa (Fernando Pessoa), sueca, china y japonesa. Paz tradujo, por supuesto, poemas de Ezra Pound (Canto CXVI) y tres textos de Elizabeth Bishop incluyendo el poema anteriormente citado:

Visitas a St. Elizabeths
Ésta es la casa de los locos.

Éste es el hombre
que está en la casa de los locos.

Éste es el tiempo
del hombre trágico
que está en la casa de los locos.

Éste es el reloj-pulsera
que da la hora
del hombre locuaz
que está en la casa de los locos.

Éste es el marinero
que usa el reloj
que da la hora
del hombre tan celebrado
que está en la casa de los locos.

Ésta es la rada hecha de tablas
adonde llega el marinero
que usa el reloj
que da la hora
del viejo valeroso
que está en la casa de los locos.

Éstos son los años y los muros del dormitorio,
el viento y las nubes del mar de tablas
navegado por el marinero
que usa el reloj
que da la hora
del maniaco
que está en la casa de los locos.

Éste es un judío con un gorro de papel periódico
que baila llorando por el dormitorio
sobre el mar de tablas rechinantes
más allá del marinero
que da cuerda al reloj
que da la hora
del hombre cruel
que está en la casa de los locos.

Éste es un universo de libros desinflados.
Éste es un judío con un gorro de papel periódico
que baila llorando por el dormitorio
sobre el rechinante mar de tablas
del marinero ido
que da cuerda al reloj
que da la hora
del hombre atareado
que está en la casa de los locos.

Éste es un muchacho que golpetea el piso
por ver si el mundo está allí y si es plano
para el viudo judío con un gorro de papel periódico
que baila llorando por el dormitorio
valsando sobre una tabla ondulada
cerca del marinero mudo
que oye el reloj
que puntúa las horas
del hombre fastidioso
que está en la casa de los locos.

Éstos son los años y los muros y la puerta
que se cierra sobre un muchacho que golpetea el piso
para saber si el mundo está allí y si es plano.
Éste es un judío con un gorro de papel periódico
que baila alegremente por el dormitorio
en los mares de tablas que se van
más allá del marinero de los ojos en blanco
que sacude el reloj
que da la hora
del poeta, el hombre
que está en la casa de los locos.

Éste es el soldado que vuelve de la guerra.
Éstos son los años y los muros y la puerta
que se cierra sobre un muchacho que golpetea el piso
para saber si el mundo es plano o redondo.
Éste es un judío con un gorro de papel periódico
que baila con cuidado por el dormitorio
caminando sobre la tabla de un ataúd
con el marinero chiflado
que muestra el reloj
que da la hora
del desdichado
que está en la casa de los locos**.
Hay un ritmo, una evidente regularidad (métrica y de imágenes) atravesando los dos poemas que parecerían retar a la idea de que un poema traducido es una versión traicionera del original. En este caso, uno no es más que el espejo del otro. La consecución de sentencias, los compases equivalentes en las dos lenguas, el entrelazamiento de las sintaxis española e inglesa, evocan a la vez que modelan el estado de cosas (objetos, tensiones, afectos, situaciones) en el hospital que recluye al poeta-traductor y traidor a la patria, ensimismado en la plena sonoridad del lenguaje. Un gran homenaje en dos poemas –o uno solo donde la voz y el eco se confunden.

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*Bishop, Elizabeth. The Complete Poems 1927-1979. New York: Farrar, Straus & Giroux, 1979.
**Paz, Octavio.
Versiones y diversiones
. 2da. edición. México D.F.: Joaquín Mortiz, 1984. 93-96.

Yo maestrito: Resultados de la Evaluación al Desempeño Docente


Tengo casi diez años dando clases, los últimos seis en la Universidad de Sonora. Creo que es buen tiempo para hacer un balance y atender a mis estudiantes.

Cada fin de semestre todo estudiante de la Unison que quiera conocer su calificación en su kárdex electrónico debe antes evaluar numéricamente y de manera anónima el desempeño de su profesor en rubros como “correspondencia de las actividades de la clase con el contenido del programa de materia”, “dominio de los contenidos de la materia que imparte”, “secuencia lógica y claridad en el manejo de los temas tratados en el curso” y un largo etcétera. Los números, sabemos, son duros y a veces hermosos por su laconismo.

La evaluación incluye, sin embargo, un espacio para que los estudiantes escriban sus comentarios y observaciones de una forma más libre. Revisando mi cuenta de profesor, hice un acopio de todos los comentarios halagadores (que se agradecen), críticos (que se agradecen más) e intrigantes. Es una forma de reconocer a todos mis estudiantes, que sin duda han contribuido a que siga yo cobrando quincena a quincena mi cheque durante estos seis años en que he impartido cursos como “Taller de lectura y redacción”, “Comunicación oral y escrita”, “Literatura española” y “Estrategias para aprender a aprender” en las más diversas carreras de la universidad. Sólo como un ejercicio de transparencia o cinismo, transcribo aquí –sin ningún orden, con faltas de ortografía, mayúsculas y puntuación temerarias, para que se vea qué tan bien les enseño su lengua natal— dichos comentarios:
"la verdad es que esta clase resulto para mi y para el resto de mis compañeros un poco aburrida y sin mucho interes para nosotros”

"ES UN POCO MONOTONA PERO EN GENERAL ES INTERESANTE"

"Es muy buen maestro sabe mucho sobre la clase que imparte"

"es un buen maestro"

"hace muy buen trabajo.. :)

"es buen maestro..."

"se me hizoo estrictoo con la calificacion.."

"Perfect"

"todo bien"

"EL CURSO FUE MUY INCOMPLETO,"

"Pues la verdad, diciéndolo en otros terminos, estamos en el mero mole del maestro ya que pues el salió de lenguas entonces ésta materia que yo la comparo con ortografía y comprensión pues la verdad era muy fácil para el. Muy buen maestro y muy sincero."

"EXCELENTE DOCENTE LASTIMA QUE NO ME IMPARTIRA CLASES OTRA VEZ "

"considero su clase muy amena e interesente aprendi mucho en el curso"

"muy bien, (:"

"muy buen maestro"

"me gustaron mucho sus clases, a pesar de que era la ultima y ya estava muy cansada, si despertavan mi interés."

"ES UN BUEN NMAESTRO Y ES MUY OBJETIVO”

"Muy claro en la exposición de los temas y con conocimiento de la materia a pesar de no especializarse en el tema."

"excelente"

"Me parece un excelente maestro, porque siempre está dispuesto a escuchar e incluso a aprender de los comentarios de sus alumnos...además, es una gran persona, siempre te ayuda, esté o no relacionado con sus clases..."

"Joven pero con bastante experiencia y sumo profesionalismo!"

"me gusto su clase, si sabe explicarte bien el tema que se esta tratando.. "

"cre que fue muy buena la clase y todo lo aprendi muy bien.. sus explicaciones fueron buenas.. y gracias maestroo!"

"Me gustó mucho que nos ponía a leer a escritores que me gustan"

"Buen maestro.."

"realmente no me gustó la organización del profesor en el transcurso del semestre. Y no aprendí"

"gracias portodo es el profe mas chilo de todos"

"HAY, MAESTRO QUIZAS NO APRENDI MUY BIEN LO DELOS PUNTOS Y TODO ESO. PERO CREAME LO INTENTE ¡GARCIAS!"

"pues lo único es que motive alos alumnos, eso nos haría prestale más atención, y creo que un poco autiddacta la clase tambien"

"Me pareció buen maestro"

"Es muy buen maestro y tiene mucho conocimiento de la materia. Logra captar nuestro interes."

"Casi no escucha a los aumnos, es muy cerrado y no le gusta perder"

"El temario hace la clase aburrida pero es un buen maestro "

"Buen curso, nomás faltó que practicáramos más redacción."

"todo bien profe"

"Exelente maestro... puesto que tienen un bocabulario muy ampplio y conoce mucho del tema..."

"MUY BUEN MAESTRO, LO ÚNICO ES QUE INTERACTUE UN POCO CON LOS ALUMNOS, A VECES TANTA SERIEDAD CREA UN AMBIENTE DE TENSIÓN, SERIA MUCHO MAS COMODA LA CLASE SI USTED TUVIERA UN POCO MAS DE DISPOCISION."

"Me pareció muy entretenida su clase. Sólo quisiera decirle que sea más "llevado" con el grupo, se ve que es buena onda pero es muy seco en clase, relajese. Gracias Maestro."
Agradezco a mis estudiantes sus aportaciones. Pero mención especial y aparte a una recomendación verdaderamente constructiva que me ha servido para replantear toda mi labor docente y mi carácter personal:
"que ya no vaya al gym puede reventar su cuero"
La consideraré especialmente, aunque no prometo nada.