
Yo no soy bella, soy peor.
—Marie Dorval
Las cosas su silencio
llevan como su esquila.
Tienen sombra: la aceptan.
Tienen nombre: lo olvidan.
—Gabriel Zaid
Qué radical, qué tremendo, qué fuerte
Hay, por una parte, un influjo de herencia presuntamente revolucionaria que aboga estratégicamente por hacer vigente la razón (pura, práctica, instrumental, patafísica, cual sea), enmarcada —a fuerza de hacerse escuchar— en los centros dispuestos por el orden mismo, el código estructural del mundo actual. Es la dialéctica del insolente “compromiso social” de los rockstars, raperos, hip-hoperos, de la celebridad intelectualoide de las estrellas del pop, del espíritu cuanto snob como tecnológico de los artistas. Son el glamour, la sociedad del espectáculo, los medios comerciales, los medios alternativos, los impulsores de las causas: en Twitter, Facebook, en toda esa infraestructura de la imagen virtual.
Así, no es, como se dice a manera de duelo o nostalgia, que el mundo se haya quedado sin causas, es que se han multiplicado como en Xerox al grado de resultarnos indiferenciables por saturación e infinitas por acumulación:
www.causes.com.
Ventiladas al azar, sin orden de importancia, es ya difícil darles cauce y seguimiento: ¡No al apaleo de focas en Canadá!, ¡No a la ablación de mujeres en África!, ¡No a la homofobia!, ¡No a la tala de árboles, ¡No a la Coca-Cola!, ¡No a la talla cero! Las apoyamos todas, lo cual es una forma de decir que no apoyamos ninguna y que no nos interesan en lo más mínimo. La reforma, la rebeldía, la revolución antisistémica y, por ende, sistémica, como proyectos inmanentes al discurso de resistencias (o claras demagogias), que no son sino las emanaciones de los poderes mismos, a fin de redefinirse, autoregularse, en una lógica infinita e indiferente a nuestra acción y conciencia.
“Calma, pueblo, que aquí estoy yo, lo que no dicen lo digo yo, lo que sientes tú, lo siento yo, porque yo soy como tú” —vociferan los chicos combativos de Calle 13, armados de furia y con ademanes de Mara Salvatrucha, aunque ligeramente refinados. He aquí la clave: algo de radical chic y algo de pandillero globalizado. Giras millonarias aparte, ellos están del lado bueno, aunque digan que se van a portar mal. Que se entienda: ellos están del lado del pueblo: antigobiernismo, antiderecha, anticapitalismo, antivaticano. Han incorporado las líricas subversivas e ingeniosas, pero sobre todo eso, subversivas e ingeniosas (!). Han logrado lo que hasta hoy nadie podía: convocar gustosamente a hippies y a yuppies en Youtube. No tardan en lograr la paz entre judíos y palestinos a través de CNN. Ahora sí, el pueblo, esa entelequia reloaded, será escuchado gracias al patrocinio de Sony Music Entertainment. ¿Qué sería del pueblo sin Calle 13? La pregunta correcta es: ¿qué sería de Calle 13 sin el pueblo?
Lady Gaga sobre Britney Spears: “Lo que me hace diferente es que a la vez que usaba las drogas también estaba componiendo, no sólo consumía drogas”. (Se puede figurar en el sistema, ser parte orgánica de la industria musical, jugar las reglas del juego y ser a la vez una “chica mala”, perfilarse como la nueva diosa moderna en una vorágine de signos y atuendos insólitos.) Que se entienda: las drogas pueden ser una vía de acceso, iniciación e inspiración, como lo sabemos desde Poe y los poetas malditos; ¡abajo Britney, esa red neck, esa white trash, ella sí es un producto, un objeto!, parecería decir Gaga. Es la coronación del sujeto autodeterminado y productivo, una vez que el pop ha padecido el descrédito debido la ligereza moral y educacional que se le atribuye, a pesar de los esfuerzos de la otrora reina del pop, Madonna, quien, en su proyecto transgresor, gestionó su imagen y/o escenario como elemento sexualizante y desafiante, según sus exégetas. Se rumorea (falsamente, supongo, pero eso es irrelevante) que Lady Gaga es hermafrodita, con lo que queda completo el cuadro del ideal andrógino y de transexualidad actuales auspiciados por el montaje, los dispositivos rutilantes cual anuncio espectacular. En una era de feminismo agotado y agotador, no queda más envidia femenina del falo, sino representación mediática —en el cuchicheo, morbosa y sin ilusión— del falo, o lo que queda de él. La fenomenología del escándalo, los malos modales.
El artista no es ya siquiera el dodecaedro que denunciaba José Ortega y Gasset en La deshumanización del arte. La perfección tecnicista, la nítida conciencia de los procesos de creación y sus efectos en el público espectador, consumidor, o en la crítica especializada, conllevan una total exploración de materiales insospechados, perfilándose una maquinación exhaustiva que va desde el minimalismo hasta el maximalismo: el artista es el DJ que mezcla (mix) disruptivamente elementos fónicos como bits heteróclitos y desperdigados en el vacío frenético de los discos; el artista es un fotógrafo como Spencer Tunick que fotografía desnudos masivos en lugares públicos cual metáfora de la desilusión flagrante del cuerpo y de las dimensiones del supermercado; un pianista con autismo que reproduce innumerables composiciones de jazz con tan sólo haberlas escuchado una vez; un biólogo que dibuja enormes figuras efímeras en la playa mientras National Geographic graba las imágenes.
El artista es un gestor, un ingeniero que supera técnicamente al arquitecto y que tiene ya los recursos efectivos a su disposición para resolver en un producto los efectos de belleza. Después de Duchamp, de Warhol, el arte no es ya más el lugar para expresarse formal y líricamente —fetichismo del sujeto en pos de la comunicación—, sino el de las situaciones dispuestas ahí donde el sentido técnico-creativo se esfuerza por develar con desmesura los efectos de su propia lógica. El artista no es el ser deshumano, sino provisionalmente un agente clave ahí donde lo humano articula su visión funcionalista en diálogo con ese aspecto ocioso propio de la industria del entretenimiento, que es, para bien o para mal, el baluarte de la formación y/o construcción de los sujetos.
Qué cool, qué hot, qué loco
Hay, asimismo, una serie de distanciamientos sinuosos de lo dramático, lo serio, o lo patético. Son distanciamientos que no llegan, sin embargo, al cuestionamiento. Distanciamientos más bien mediocres, pues necesitan, para su sobrevivencia, el peso ineluctable e intermitente de aquello que intentan evadir. Dictadura de la inmanencia. Son alusiones, dejos de posturas —ya ni siquiera imposturas—, ademanes, muecas, aspavientos.

Una chica negra con el cabello teñido de rubio, el rostro ladeado y la mirada intermitente. Recargada en lo que parece ser la barra de un bar, lleva en su mano una bebida energizante (Red Bull), de la que le sobresale un abúlico e insospechado popote. Viste una blusa blanca con letras de colores fosforescentes, en las cuales apenas si se logra distinguir la leyenda: “LMFAO CUZ I’M A CRAZY BITCH!”* Es una consigna que, en tanto que tal, nunca acaba por cumplirse: se repite siempre en las más alocadas y salvajes fiestas, a la vista de la primera impresión de los concurrentes. Esta proclama es una mera ontología escurridiza implicada en el término bitch, tan polisémico, tan lleno de matices e inflexiones que ya luce gastado y paródico. Así, su proyecto, que es autogestivo, vive en un eterno desplante, alimentándose sólo de sí mismo, de la voluptuosidad misma aprisionada entre las tensas mallas rosas y los shorts amarillos de su portadora. No es ya claro si es una ofensa o alabanza. Es de un autoritarismo recalcitrante, aunque domeñado, que suena a histerismo “sano”, ligth, deslactosado, homogenizado una vez que la boutique ha puesto en la exhibición del mostrador las prendas que tal chica viste. El gesto es retador, aunque no parece decir mucho. Descifrar lo que quiere decir es todo un reto para los semióticos y filósofos culturales más ociosos.
Otra chica luce un vestido corto y ligeramente entallado. Carga su bebida en un vaso de vidrio y con el otro brazo se levanta transgresoramente el vestido, mientras nos enseña, en gesto y ademán sorpresivo, el tatuaje de su muslo derecho, que se convierte en sombra desfigurándose incorpóreamente en la frontera abierta de su entrepierna, puerta a un más allá accidentado en la lujuria y aún no significado por la luz. No transgrede, sin embargo, nada; no sorprende, sin embargo, a nadie. Cómplices, entramos en la pulsión unilateral de su rol efímero ante el flash: la nadería del cuerpo, tatuado, alcoholizado, lo suficiente para jugar el juego erotizante, sensual, sin creer en él. Es una nada y un juego liso, llano, una mueca loca entre trago y trago. Su postura es la de una sexualidad vaga (“La sexualidad está en todas partes, excepto en el sexo.” —Roland Barthes), ya diluida en un ambiente más corporativista que sórdido o marginal. Los ojos azules resaltan esa astucia gatuna con que modela en cuerpo su espíritu feminizante. Todo aquí es cuerpo, o espíritu corpóreo que alude a una norma de decoro alguna vez observada y que refiere, hoy, a un deber erótico apenas si atendido. De boca abierta, recibe en ella el falo de nuestra mirada erecta, como la asunción ritual de nuestro voyeurismo generacional, irremediable.
Es, volviendo a las celebridades, el descaro de Britney Spears, Gabriel García Márquez, Johnny Cash y el subcomandante Marcos, todos ellos, decididos e impertérritos, haciendo la señal obscena del dedo medio a la cámara. ¿A qué se debe la pérdida de la compostura? Es irrelevante. Más allá de la anécdota, es el festín de una significación librada ya de la atadura de la comunicación. Representación ensimismada, la alegoría misma de una indignación violenta. ¿Para qué enojarse, para qué romper bilis, para qué hacer drama? Queda sólo fungir como agente rotundo, implacable, verse cool e indiferente, aunque sin renunciar por ello al armatoste que supone el vértigo del coraje en una especie de amaneramiento extático. Banal, sí, pero extático. Irrefutable a más no poder, pues resulta imposible razonar con una imagen: el contenido es una máscara sin rostro. ¿Contenido superficial o profundo? La imagen no sólo vale más que mil palabras; es más que mil palabras. Es la amenaza directa. Imposibilitada para negociar, va al punto. El punto es, para ella, tener un discurso. Tener una postura, aunque sea un disparate, el despropósito mismo. Definirse.
Las raíces de este proceso de descentramiento e inversión de las funciones de comunicación y significación, se han señalado, por un lado, en ese marco de racionalidad pura, psíquica, que hemos parcelado para otorgar sentido a las formaciones recurrentes ahí donde se pretende decir “algo” , obtener “algo”: hay producción —material, monetaria, voyerista, fetichista, de poder— porque hay deseo. Se señalan, por otro lado, según la hipótesis materialista, en las condiciones infraestructurales, económicas: hay deseo (material, monetario, voyerista, fetichista, de poder) porque hay producción. Es el sistema de la producción y el consumo, en aras de la plusvalía, el que hace posible nuestra caterva de referencias, de ideas sin referente, de elucubraciones sin fundamento y juegos reversibles con los signos.
Tales hipótesis podrían nulificarse entre sí, cediendo a la condena de los razonamientos circulares. En lo contingente, sin embargo, asistimos a una serie de afirmaciones, signos transparentes que sólo juegan a la opacidad, que parecen retar toda posibilidad de verificabilidad, pues no buscan la persuasión, sino el franco chantaje: “¡Digo lo que digo porque así son las cosas y porque puedo!”, “¡Cómpreme o muérase!”, “¡Usted decide!”, “Si no le gusta, ¡cámbiele de canal!”, “¿Le molesta mi actitud? ¡Me importa un bledo!”, “No odie a los medios. ¡Haga el suyo!”, “¡Otro mundo es posible!”. La publicidad mercantil, el marketing de los eslogans políticos, constituyen todo una serie de referencias factuales en apelación a una realidad en la cual, sin embargo, no se cree profundamente, pues es precisamente la idea de profundidad la que está en entredicho. Y es en esa superficialidad reinante de los signos como meras estrategias donde hay un duelo por el sentido ahí donde tenemos la nostalgia de un orden natural del lenguaje. Pero no importa: es la ilusión o el efecto de realidad el que provee un estado de confort cínico o de infamia impune. Realidad gastada o cárcel desperdigada del lenguaje, tentáculos de la representación cuya incidencia en el territorio, el modelo original, jamás ha tenido lugar.
Qué hueva, qué fiaca, qué monserga
Hay, por otra parte, una negación a adentrarse, una renuncia a involucrarse en los asuntos, una abdicación al supuesto derecho ciudadano de información y participación, un desinterés a la hora de vislumbrar una complicación mínima: es la mezquina política, es la gastada moral, es la hipócrita religión, es la falsa historia patria. Son los debates ríspidos y agotadores. “¡Todo es la misma mierda!”, expresión más bien amoralista, sin un real padecimiento, sin una verdadera encrucijada que conlleve un juicio. Mera inercia, anidada en el estereotipo, la generalización no sólo apresurada sino de antemano consabida. El epifenómeno del sospechosismo. Es mejor diluirse, substraerse en la medida de lo posible. Se resuelve, así, que tales cosas carecen de atractivo, que resultan complicadas y que el tiempo es mínimo. ¿Cambiar el mundo? Consciente de que tal empresa resulta infructuosa, parafraseando a Don DeLilo, mejor se acude al gym a cambiar el cuerpo. Ya no son las masas, sino el llamado ciudadano de a pie quien no sabe si quiere saber, no sabe si quiere poder. La mediocridad autoprogramada como medida de higiene mental, a precio de conformismo. Con algo de Diógenes y algo daliniano, se resuelve que el mundo es dramático, aunque tampoco sea para tanto, e irremediablemente vaya convirtiéndose en esa masa gris en la cual todo es válido y, a la vez, nada nos conste.
En un ejercicio de imaginación crítica, el escritor mexicano Luigi Amara plantea un inevitable movimiento denominado La Internacional Boztezante. Amargura y descreimiento, acérrimo enemigo del entusiasmo, tal movimiento es una alegoría siniestra, más que cínica, de esa apatía desenfrenada con que se abordan ya los asuntos humanos, demasiado humanos:
Si te cruzas en la calle con un conocido, salúdalo con un bostezo irreprimible. Si alguien te declara su amor, ponlo a prueba con un bostezo desafiante. Si aquel te regala una sonrisa, bájalo de la tibieza de su conformismo y hazle rendir cuentas en el tribunal helado del bostezo. Toma fotografías de momentos insuperables de hartazgo, de rostros descompuestos por la violencia erosiva del tedio, y envíalos, con toda tu falta de interés, en tarjetas postales y en spam. Decididamente se trataba de un programa de ascendencia punk.
Inspirado en las grandes Internacionales (sobre todo, la socialista, irremediablemente solidaria), el espíritu del texto de Amara es una muestra de esa desazón con que el escepticismo ha devenido parálisis. Lo ético-político del radical “No future” se ha transfigurado hoy en un estado normalizado de cosas. Normalizado en tanto que producto de una norma táctica y sutil cuyo fin último es el de la adaptación como estrategia inherente a todo sistema civilizatorio y coercitivo. No hay futuro, entre otras cosas, porque todo es un presente indiferenciable y pugnado entre la vida desahuciada, anestesiada, o la muerte diferida. La pregunta de si hay algo más allá de esa adaptación acrítica que Luigi Amara caricaturiza es también la pregunta de si hay una oposición definida entre lo profundo y lo superficial. Si en la superficie está la inacción abyecta, la acción envolvente late más allá como una potencialidad, una energía creadora capaz de ventilar la esencia aletargada del ser, la construcción biopsicosocial en toda su monumentalidad transparente: “Soy una persona profundamente superficial.” —Andy Warhol. ¿Sabe el ciudadano bostezante lo que es sólo preocuparse por las apariencias? ¿Es la indiferencia una mera enajenación programada desde los poderes? ¿No será la indiferencia un estado lógicamente posterior a la exacerbación de la conciencia política en las sociedades democratizadas? ¿Es posible una ciudadanía tan consciente de sí misma como activa en la praxis del cambio? Aun más, ¿habría una manera justa de ubicarse en el centro de los acontecimientos, en el estado equidistante de la profundidad y la superficialidad?
La masa crítica que buscaba la liberación del sujeto frente a la historia se ha desplazado a sí misma. Se ha acotado, casi nulificándose. Nace en la burguesía misma como clase social, que es en realidad la única, es decir, la que legitima una conciencia y una acción frente al orden económico. Los demás son grupos y formas de la inconsciencia o la falsa conciencia, según la lógica marxista. La falsa conciencia vuelta hoy mero cinismo, postula Peter Sloterdijk. Para justificar su condición concreta, más burguesa que proletaria, más acomodada que vital o comprometida, dice el mismo Marx: “por lo demás, yo no soy marxista.” Subrepticiamente, el marxismo ha mutado en ecologismo; el ecologismo, en industria de reciclaje; la industria de reciclaje es la punta del iceberg del capital, tan denunciado y, sin embargo, tan necesario, pues figura como pandemonio favorito de la angustia humanista por llegar a la esencia, al fondo estructural de las relaciones, la clave de la historia y de todas las mitologías, el motor fundamental que propulsaría el orden y conjuraría el azar, llamándole dialéctica. Fin de la teleología economicista.
No es tal vez que la liberación (la solidaridad obrera en acción frente al explotador) no fueran posibles; es que la liberación como concepto es una noción ya diluida a fuerza de uso: nadie sabe quién libera a quién. Como práctica es, además, un empeño de doble filo: nadie sabe para quién trabaja. A nadie le consta qué efectos se implicarían en un cambio estructural y ético de las sociedades occidentales, pues la formulación mental que hemos asumido una vez sobrevenida la revolución no resulta del todo clara. Es tan sólo una contingencia acrisolada en la refuncionalización de los mismos valores que, como anticuerpos constitutivos del propio sistema, están condenados a reproducirse en cada acto, a replicarse en sus antivalores o en las formas afines de su cristalización: la libertad frente a la seguridad, la justicia frente a la legalidad, la fraternidad frente a la tolerancia.
De ahí que la revolución carezca de justificación histórica: es más bien una obsesión histriónica. Así, el fin de la revolución no es sólo su interrupción o su institucionalización en el ámbito político, sino su transparentación en el discurso, en el fin de lo político, debido a su cristalización en cada uno de los dispositivos actuales que le dan sentido, resemantizándola, reactualizándola en cada clic como un instantáneo manifiesto utópico. El fin de la revolución da pie ahora a la idea virtual de revolución como esa forma entusiasta en las tecnologías de la información: la revolución twitteada, blogueada, en tiempo real, en todos los espacios ocupados por el disenso, la crítica y la reversibilidad de la anticrítica. El tiempo real que, a su vez, nulifica toda posibilidad de asumir una distancia, una dimensión real. El tiempo real es un mero cortocircuito que se niega paradójicamente a una perspectiva real, pues se nutre sólo de esa esfera de prestidigitación en lo fast, en la imagen digital, nítida, contundente. Como corolario a la propuesta de Luigi Amara, tenemos hoy la era de la Internacional Transparente.
Qué estrés
Hay, no obstante, una lucha interminable por articular un discurso, por generar un efecto de coherencia que le devuelva al signo la substancia, no sólo su realización. El contenido ha cambiado, la sustancia se ha disuelto, los discursos críticos se han liberado, incluso para revertirse en la anticrítica como anticuerpo y válvula de escape. Es el código el que sigue intacto. Esto lleva a plantear si realmente hay un sistema global de dominación (simbólica o sutil) tan eficaz como suponen o temen sus críticos, moralistas, humanistas y demás. De haberlo, alguien podría, por suerte o por astucia, haberlo desmontado. De haberlo en grados, éstos serían tan innumerables que se presentarían casi imperceptibles y, por lo tanto, irrelevantes. Y de no haberlo, podríamos decir que es nuestra imaginería crítica el que lo ha llevado a configurarse. En tal caso, no sería un sistema constitutivo de nuestros prístinos asideros conceptuales (vicio del racionalismo), y tampoco de nuestra flexión conductual (vicio del empirismo), sino uno perfilado ahí donde nuestras proyecciones no alcanzan y ceden, vislumbrándose sólo la posibilidad de una frivolidad objetiva, inmanente, objetivizada por la debilidad humana en los limítrofes de lo inhumano. Más allá del margen contingente, la rígida contingencia al centro, dispuesta (aunque dialogante) a solidificarse, desafiando al binarismo —“lo de adentro” y “lo de afuera”— y, sin embargo, condenado, por nuestras amarras culturales, a él.
Es ya una especie de lujo romántico o neopatético ostentar alguna creencia —idea, valor, doctrina— profunda. Un ostento tan old fashion. Nada que lamentar. Una creencia profunda parece un artículo de museo, los paréntesis cerrados una vez que se han ciclado las posibilidades de este juego binario: lo latente y lo patente. Por un lado, el sentido de las cosas; y por otro, las cosas que son lo que son, las motivaciones que son lo que son, es decir, lo que dejan ver. Metáfora física, lo profundo depende necesaria y lógicamente de la noción de superficialidad. Profundidad ahí donde hay un sujeto que lee, interpreta, descifra. Superficialidad ahí donde hay un objeto que espera ser conocido, asido por la mirada.
En el interciso de tales nociones situamos el contrato de realidad, o bien nuestro principio de ilusión. Y en ese interciso debatimos, asimismo, nuestra moralidad y nuestra intelección, la plusvalía de nuestros cinco sentidos que cristalizaría el yo con el que asumimos nuestras decisiones, el temple, la imagen, el tono, la afirmación parcial aunque implacable de lo que somos –o que decimos ser. Entre lo profundo y lo superficial, hay, no obstante, un matiz, un elemento tan conductual como discursivo que juega y conjuga a capricho los signos desperdigados del sujeto: la frivolidad del sentido ahí donde las cosas se entrelazan, indiferentes, nutridas de posibilidades y a expensas de ser interpretadas. La frivolidad que mana del estado impreciso entre lo profundo y lo superficial.
Frivolidad de los filósofos que aspiran a la conceptualización del ser, queriendo contemplar en todo su lado más profundo; frivolidad de los revolucionarios y activistas que aspiran a concienciar y actuar sólo para zigzaguear en el código; frivolidad del mundo que se sabe mundo, los objetos que se saben pensados; frivolidad de los artistas que, acodados en lo estético, construyen con un sistema arbitrario de signos una voluntad creadora; frivolidad del humanista, celebridad, predicador, psicoterapeuta, que nos exhorta a ser uno mismo. “Be yourself is all that you can do” –nos invita el rockstar Chris Cornell. Es ya difícil saber en qué consiste ser uno mismo, sobre qué veleidoso andamio se sostiene. Cada vez que alguien se plantea tal empresa, el vacío o la muchedumbre de opciones, todas tan nutridas de credibilidad, salen a relucir como una pléyade de posibilidades insufribles, pues nos confrontan con la pregunta de qué significa ser uno mismo. ¿Ser uno mismo? No, gracias.
*Acrónimo urbano: "Laughing my fat ass off” o “Laughing my frigging ass off”.